HISTORIA
Fue Beleña muy codiciada en tiempos antiguos por su alto valor estratégico. Los restos mínimos de un castillo, y la masa señorial de la iglesia parroquial, relicario de una sorprendente muestra del arte románico, son los que presiden la masa átona de sus humildes edificaciones rurales. Tuvo la historia de Beleña múltiples avatares en los pasados siglos. Fue ocupada de los árabes, y, tras la reconquista, incluida en la tierra de Atienza. En enero de 1170, el rey Alfonso XIII de Castilla donó la villa y su castillo a Martín González, fiel militar a su servicio, concediéndole el dominio de un amplio territorio en su derredor, que incluía las aldeas de la Puebla, la Mierla, Muriel, Aleas, Sacedoncillo, Torrebeleña y Montarrón. Siguió luego, por entronques familiares, en poder de la familia de los Valdés, siendo en 1339 que don Melén Pérez Valdés instituyó mayorazgo con Beleña y su tierra. En la primera mitad del siglo XV tomó el pueblo, por la fuerza, don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y así pasó a la familia mendocina, quien poseyó el castillo y el pueblo durante varios siglos, no sin tener que sostener un largo pleito, en el siglo XVI, con los herederos de los Valdés, quedando, en definitiva, hasta el siglo XIX, en la rama mendocina de los condes de Coruña.
PATRIMONIO
Del castillo quedan solamente dos gruesos paredones de mapostería, horadados por los vanos de antiguas ventanas. Se alza en lo más alto de la colina en que se asienta el pueblo, y desde él se dominan bellos paisajes. Por los restos actuales es díficl imaginar su antigua estructura, aunque es posible que consistiera en torre central, cuadrada o rectangular, y barbacana almenada con cubos esquineros en su derredor, partiendo de ella la muralla que circuía al pueblo, y de la que se adivinan insignificantes restos. Desde el castillo, bajaba hasta el Sorbe un camino en zig-zag, tallado en la roca por unos lugares, y por otros construido con mampuesto. También pueden verse los agujeros en la roca que denotan la existencia de un ingenioso sistema para subir al castillo el agua desde el río. Cruzando el Sorbe, airoso y elegante, está el puente de construcción árabe, reformado con posterioridad, y que sirve para conducir el camino en dirección hacia Humanes. Es obra de estructura antigua, con pasamanos fuerte de piedra, y desde él se admira la bella perspectiva del castillo roquero. La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel, es obra primitivamente románica, de la cual sólo conserva la portada, el atrio modificado y algunos canecillos tallados con figuras en el muro meridional. El resto es fruto de una reforma en el siglo XVI, en que se levantaron muros y se pusieron techumbres de nervadas crucerías, pero que hoy ya se han hundido. La galería porticada consta de siete arcos, por el central de los cuales, más alto, se penetra en su interior. Allí se puede admirar una de las joyas del románico en Guadalajara: la portada de los meses. Consta esta puerta de un triple arco semicircular: el externo, de arista viva; el medio, arquivolta moldurada; y el interno, cuajada teoría de tallas representando faenas agrícolas y domésticas simbolizando a los doce meses del año. Apoyan estas arquerías sobre sendos capiteles a cada lado, tallados magníficamente. Los del lado izquierdo del espectador son indescifrables. Los del lado derecho muestran la Resurección de Cristo, sobre el sepulcro, y tres soldados vestidos a la usanza medieval que caen asombrados, mientras en el capitel adyacente las tres santas mujeres se acercan a la escena con tarros de perfumes. La serie de relieves que aparecen en la arquivolta interna merecen un largo espacio para la admiración. Presentan dos seres, uno al comienzo y otro al final de la serie, y doce relieves que no se corresponden en el orden actual con el de los meses, pues al colocarlos sufrió error el cantero, cambiando enero por diciembre. En somero repaso, éstos son los temas que el espectador se encuentra, mirando la puerta de izquierda a derecha: un rudimentario angelote da inicio a la serie, le sigue un hombre realizando la matanza del cerdo, que aunque se coloca en primer lugar como representación de enero, según todos los mensarios y representaciones clásicas en el arte y la literatura, esta escena se coloca en diciembre. Sigue luego un viejo calentándose junto a una fogata, representación de febrero. El mes de marzo se simboliza por un campesino realizando las tareas de la poda de arbustos y árboles. El de abril aparece representado por un joven con ramos de flores en ambas manos. En mayo se pone a un caballero montado sobre un jamelgo descabezado, sosteniendo un halcón en sus manos. Junio se representa por un hombre en las faenas de la escarda. En julio aparece el segador cortando la mies. En agosto se pasea un aldeano, sentado en un trillo, y arrastrado por una pareja de bueyes. Septiembre se representa por un hombre que arranca el fruto de la vid y lo deposita en cestos de mimbre. Octubre, por otra figura masculina que vuelca en un cuba el contenido líquido y oloroso de su odre. Noviembre se representa en la tarea de arar el campo, que en esta ocasión lo hace un hombre con un par de bueyes, vistos en proyección vertical. El mes de diciembre nos muestra a un hombre feliz tras una mesa colmada de alimentos, y que también, según antiguas tradiciones del ciclo mensual, se representa en enero. Termina el conjunto con una carátula de negro de abultados labios y pelo rizado, representando al diablo, la serie iconográfica de Beleña, de traza y ejecución ingenua pero muy expresiva, es la presencia en una iglesia románica rural de fines del siglo XII o comienzos del XIII, de una larga tradición, de origen romano, de representar los meses del año con ciertas escenas de la vida común de agricultores y guerreros.
Altitud: 831 metros
Habitantes: 48
Distancia Capital: 48 Km.