De alcarria.com
Libros y documentos desaparecidos en Guadalajara
José Luis García de Paz
21 Mayo, 2007
Iñigo López de Mendoza (1398-1458), primer marqués de Santillana, fue un activo protagonista de la historia de Castilla en la primera mitad del siglo XV, tanto en política como en literatura. Reunió una notable biblioteca, guardada un tiempo en el "castillo viejo" de su querido Manzanares el Real. Por su influencia se tradujeron al castellano las obras de Homero, Virgilio y Séneca. Aunque, curiosamente, su dominio del latín no era excelente, hablaba fluidamente francés, italiano, gallego y catalán. El marqués creó una tradición cultural en la familia:
En su testamento ordena vender sus bienes para pagar las mandas, pero antes lega a su primogénito lo mejor de su biblioteca, ordenándole que seleccione "
ciento" de los libros "
así latinos como de romance castellano, francés e toscano" y "
sean puestos en la librería que yo fice en mi casa de Guadalfaxara", y el resto se venda. Su primogénito Diego Hurtado de Mendoza (primer duque del Infantado), dispone en su testamento que los libros de la familia quedaran como patrimonio inalienable del mayorazgo, "
e non se puedan vender". Esa disposición permitió que la primitiva biblioteca del marqués de Santillana se pudiera conservar en parte, siendo la base de la biblioteca de los Mendoza del Infantado, que acabaría tras la muerte del XI duque de Osuna y XIV del Infantado siendo comprada en 1886 por el Estado y ahora está en la Biblioteca Nacional. Otro de los hijos de Don Íñigo fue el cardenal don Pedro González de Mendoza, cuya biblioteca también acabaría formando parte de la biblioteca de los Infantado.
Con los años se llegaron a perder muchos de los "ciento" volúmenes que pasaron de la biblioteca del marqués a la de su hijo. De los 172 códices anteriores a 1458 que se conservan de la Biblioteca, en 1958 sólo 42 ha podido demostrarse que pertenecieron al marqués de Santillana, es decir que tenemos 42 códices (conteniendo en total 67 obras) de los "ciento" que heredó el primer duque del Infantado. De tiempo en tiempo aparecen artículos dedicados a los libros "perdidos", que fueron originariamente del marqués. Por ejemlo, una traducción del poeta latino Lucano ahora se encuentra en la Biblioteca Nazionale Braidense (Italia), pero a finales del XIX formaba parte de los fondos y desapareció antes de que éstos llegaran a la Biblioteca Nacional.
No es el único caso de "pérdidas" en los traslados de Bibliotecas. Cuando la Biblioteca de la extinta universidad de Sigüenza pasó a formar parte de la Biblioteca Provincial de Guadalajara, se extraviaron en los traslados hasta mediados del siglo XX más del 80% de los libros. El antiguo Colegio Grande de San Antonio de Portaceli, fundado en 1476, fue la base de la universidad de Siguenza en 1489, gracias al patronazgo del Gran Cardenal Mendoza. La universidad fue suprimida en 1824 y su biblioteca tuvo libros de tipo religioso y derecho canónico, pero también libros de ciencia y de medicina.
Afortunadamente otras bibliotecas tuvieron mejor suerte, como las de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), hijo menor del segundo conde de Tendilla, quien para lograr en 1574 el perdón real regaló a Felipe II su gran biblioteca, reunida principalmente en Italia, y que ahora puede verse en la Biblioteca de El Escorial. Otro caso es la biblioteca del IX marqués consorte de Mondéjar Gaspar Ibáñez de Segovia Peralta y Cárdenas (1628-1708). Al ser sus hijos austracistas, su biblioteca fue confiscada por Felipe V y fue incorporada a la Biblioteca Real en 1712, pasando luego a los fondos actuales de la Biblioteca Nacional. Aun así quedaron abundantes libros en Mondéjar, tal y como se describe en el inventario hecho a la muerte de su nieto el IX marqués, Nicolás Luis Íñigo Ibáñez de Mendoza, en 1742, y que ahora están desaparecidos.
Tras las bibliotecas, vamos a mencionar algunos libros, el primero de los cuales estuvo en el desaparecido convento femenino de Santa Clara de Alcocer. Fue llamado
Quaderno por Juan Catalina García en los Aumentos a las Relaciones Topográficas de Felipe II correspondientes a la villa de Alcocer. Este volumen contenía la historia del monasterio, con la copia de privilegios, donaciones, bulas, etc. El Cronista comprobó la veracidad de su contenido contrastándolo con los documentos originales de diferentes archivos estatales. En resumen, es un traslado realizado por el clérigo Juan de Heredia en 1720 de un original escrito en 1656, copia evidente de documentación anterior. En el saqueo realizado en 1936 desapareció el sepulcro en madera policromada del siglo XIII de la fundadora del convento, doña Mayor Guillén de Guzmán, así como todo lo que contenía el convento,
Quaderno incluido.
Hasta que el estudioso Jaime Illanes, natural de Alcocer, encontró el volumen en la información facilitada en internet por el Massachusetts Center for Renaissance Studies de la Universidad de Massachusetts en Estados Unidos. Un español, David Arbesú, trabaja en este centro y estudia sus manuscritos. El libro llegó allí cuando un profesor de la universidad lo compró en una librería anticuaria de Oviedo, en 2003, indicando el propietario de la librería que procede de la gran biblioteca del marqués consorte de Valdetarrazo José María Huarte de Jaúregui (1898-1969), bibliotecario y erudito autor de un famoso Nobiliario del Reino de Navarra. Su biblioteca fue primeramente subastada en Madrid, lo que quedó lo compro un librero anticuario del Pais Vasco, y allí lo compró el propietario de la librería ovetense. Se desconoce como llegó el libro a manos del marqués y los requisitos legales para poder exportar en el siglo XXI el manuscrito desde España a Estados Unidos.
Dos libros llaman ahora nuestra atención, ambos procedentes de la villa de Cifuentes. El primero es el manuscrito original de la
Relación de Cosas del Yucatán, escrito por el franciscano cifontino fray Diego de Landa (1524-1579) hacia 1566 mientras estuvo en San Juan de los Reyes (Toledo). Fray Diego primeramente atacó duramente la idolatría de los indígenas americanos (auto de fe de Maní, 1562) pero gracias a este libro y a la defensa de los indios cuando fuera obispo de Mérida (Yucatán) es uno de los pocos españoles con una estatua en Izamal (México) y cuya labor es reconocida en este país. Su cadáver fue trasladado siglo y medio después de su muerte a la iglesia del Salvador de Cifuentes, siendo destruido su sepulcro en 1936. Se pensaban perdidos todos los originales o las copias completas de
la Relación, y sólo quedó una copia parcial en la Academia de la Historia de Madrid, descubierta y publicada en 1864. También había una copia manuscrita, guardada en una iglesia de Cifuentes, que desapareció misteriosamente y finalmente fue vendida por un anticuario a la Universidad de Harvard (Estados Unidos). Esta copia fue publicada por Alfred Tozzer en 1941, patrocinado por el museo Peabody de la Universidad de Harvard.
El siguiente libro es la
Jvsta poética que hizo al Santísimo Sacramento en la villa de Cifuentes, el Doctor Ivan Gvtiérrez, médico de Sv Magestad. Su contenido fue recopilado por Diego Manuel, capellán de don Juan de Tapia, y fue impreso en Madrid en 1621, curiosamente después de pasar la correspondiente censura que realizó el famoso Felix Lope de Vega Carpio. Es un raro ejemplar del que sólo se conoce una copia en la Hispanic Society de Nueva York, estudiada por el profesor de la Cleveland State University José Labrador Herráiz, investigador, ahora jubilado y natural de Cifuentes.
El libro fue mencionado en 1897 por Cristóbal Pérez Pastor y en 1897 por Juan Catalina García López que describe que "
este rarísimo libro consta de 8 hojas de preliminares, 66 foliadas y dos mas sin foliar, en octava. Contiene varias poesías y es casi seguro que sus autores, o parte de ellos, serían cifontinos". Pero esa copia de la Biblioteca Nacional de Madrid ha desaparecido. La copia que hay en Estados Unidos fue comprada en 1902 con la biblioteca del marques de Jerez de los Caballeros.
Entre los poetas participantes en esta justa del Corpus de 1620 celebrada "
el sábado de la infraoctava en el teatro de la iglesia mayor" se encuentran dos monjes bernardos de Ovila, los curas de Meco y de La Olmeda, dos monjas del convento de franciscanas de Belén (Cifuentes), el capellán que ofició la justa, dos soldados (uno de ellos forastero), varios licenciados y un médico.
Vamos a dedicar nuestra atención ahora a los archivos municipales, muchos de ellos en pequeñas localidades con pocos habitantes pero que tuvieron una mayor población e importancia histórica hace siglos. Muchos de estos archivos fueron quemados, vendidos o tirados a la basura en la mitad del siglo XX, simplemente para "dejar sitio". No es un hecho aislado, esta queja la he leído en Guadalajara, en Murcia, etc, etc. Un ejemplo es el Archivo Municipal de Zorita de los Canes, del que faltaban la mayor parte de la masa de legajos que generaría la capitalidad administrativa de la encomienda medieval de la Orden de Calatrava con capital en Zorita. En los años 40 del siglo XX, los comercios de Pastrana envolvían sus productos con documentos del siglo XVI procedentes del archivo Zoriteño, vendidos por inservibles y comprados para este fin. Otro caso es el Archivo Municipal de Horche, cuyos documentos fueron destruidos (y algunos quemados en la plaza) a inicios de los años 40 del siglo XX. Algunos de éstos correspondían a privilegios fueron logrados por la villa con mucha dificultad en siglos anteriores, como el Privilegio de Villazgo de Carlos V de 1535 o las Ordenanzas de la villa de 1551. Se conoce su contenido al estar reproducidos en la Historia de la villa que escribiera el padre Taramanco a finales del siglo XVIII.
Mencionamos ahora un documento especialmente importante, el manuscrito del Fuero largo de Guadalajara (1219), trasladado del latín al romance hacia 1240-1250. Se conocen tres copias del mismo, datables en el siglo XV. Una está en la Biblioteca de El Escorial, códice X.II.19, la otra (que reprodujera Layna Serrano) está en el Archivo Histórico Nacional, legajo 33454. La tercera estuvo en el Ayuntamiento de Guadalajara hasta 1921, año que fue vendido por Melchor García a la Biblioteca de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos. En 1924 Hayward Keniston publicó un estudio sobre él en la Universidad de Princeton,
Finalmente recordemos que, además de los libros, están sus lectores. Quiero mencionar un caso curioso que he denominado "
muertos con libro", y del que tenemos algunos ejemplos en Guadalajara. Me refiero a las escultura funerarias que desde finales del siglo XV representan al finado leyendo un libro, escuchando su lectura o escribiéndolo. El finado (o sus familiares que encargaron la escultura) muestra su deseo de ser recordado no sólo por sus actos militares o episcopales, sino por su devoto deseo del conocimiento, lo cual corresponde a un ideal plenamente renacentista y no simplemente medieval.
Hay ejemplos en Italia o España. En Guadalajara uno de los más antiguos, seguramente, es el sepulcro del primer conde de Tendilla, fallecido en 1479 y que estuvo en el convento de Santa Ana de Tendilla y ahora está en la iglesia de San Ginés de Guadalajara. Don Iñigo aparece medioincorporado sobre almohadones, sosteniendo con las manos un libro en posición bastante incómoda, pues choca con la espada que cuelga de su cinto. La escultura "semiyacente" más famosa es la del "Doncel" Don Martín Vázquez de Arce, situada en la catedral de Sigüenza (1488-90), en la que el mismo tema, de las armas y las letras, aparece tratado de forma más bella, detallada y, quizá, mística. Se piensa que ambas esculturas fueron del mismo taller toledano de Sebastián de Almonacid, siendo evidentemente la segunda la más lograda y famosa.
Junto al primer conde, estaba la escultura funeraria de la primera condesa de Tendilla, Elvira de Quiñones, la cual esta tumbada escuchando la lectura de un libro que lee una dueña situada a la izquierda del conjunto funerario, junto a los pies de su señora. Tiene la misma procedencia y autores que la de su marido. Ambas fueron casi totalmente destruidas junto a las esculturas de sus cuñados Pedro Hurtado de Mendoza y Juana de Valencia (de estilo y temática distinta) en 1936.
Los restos de las esculturas de estos condes se pueden ver en la iglesia de San Ginés y en unas urnas dentro del pequeño museo que se encuentra en la Capilla de Luis de Lucena de Guadalajara. Nunca se ha intentado su reconstrucción.
Este texto es un resumen de la conferencia impartida en la Feria del Libro de Guadalajara el 4 de mayo de 2007. Publicado en "El Decano de Guadalajara" el 18 de mayo de 2007.
© Copyright 2007 by alcarria.com