En los meses pasados se han elaborado listas de las “siete maravillas” o de los “diez monumentos” más importantes de la provincia de Guadalajara que, basta leer la definición en el diccionario, no son necesariamente coincidentes. Sea cual sea el autor de la lista, tanto en unas como en otras, aparece siempre el palacio de los duques del Infantado. Pero este palacio es, además, uno de los “símbolos” de la provincia y, asimismo, de la ciudad, siendo calificado por otros autores como “edificio emblemático” Es, también, parte de lo que queda en la memoria de los visitantes cuando ha pasado un tiempo de su visita. Los relieves de su fachada en forma de puntas de diamante romboidales se eligieron como detalle de cabecera en los folletos de turismo. Forma parte de nuestro Patrimonio, así con mayúscula, reconocido con la categoría de Monumento Nacional desde 1914.
El palacio del Infantado fue edificado a finales del siglo XV por orden del segundo duque Iñigo López de Mendoza. Fue empezado en 1480 y acabado en 1492. Su arquitecto fue el borgoñón Juan Guas, colaborando con él Egas Cueman, como decorador y tallista, y, finalmente, Lorenzo de Trillo, que hizo la galería que da al jardín. Herrera Casado le define como "edificio de estilo gótico con elementos renacentistas y sabor islámico en muchos detalles" pues, como veremos, aunque lo levantaron las manos de los artesanos mozárabes de Guadalajara, sería modificado en los siglos XVI y XVII.
Sirvió de residencia a los duques y su pequeña corte durante varios siglos y, por su categoría, fue alojamiento de todo visitante ilustre que pasara por Guadalajara, desde el prisionero rey de Francia Francisco I a los reyes españoles de las casas de Austria y de Borbón. Aquí residió Leonor de Habsburgo en 1557 y se casaron Felipe II e Isabel de Valois en 1560. El palacio era muestra del poder económico y del orgullo de sus duques, cuya divisa era “dar es señorío, recibir es servidumbre”.
Tiene una admirable fachada de piedra a la que el tiempo ha dado un color dorado, cubierta de puntas de diamante y rematada por garitones de estilo gótico isabelino. Tiene una puerta principal, descentrada en la fachada, de arco apuntado flanqueada por columnas y rematada por el escudo ducal de los Mendoza y Luna sujeto por unos salvajes. El edificio se organiza alrededor de un patio central rectangular, llamado patio de Los Leones, con doble galería de siete arcadas de largo y cinco de ancho profusamente decorada, en la que destacan los escudos de los Mendoza y de los Luna, tal y como lo puso el quinto duque en su reforma. Se usó piedra caliza de Tamajón en los muros de la fachada principal y del patio.
Está realizado con muros de carga con estancias cubiertas con forjados y artesonados de estilo mudéjar que decoran las techumbres de madera de sus salones, cuajados de escudos, figuras, leyendas y mocárabes espectaculares, todo ello dorado por artesanos moriscos del siglo XV que parecía que eran de oro. Unos se hicieron expresamente para este palacio, otros como la “sala de consejos” o el “salón de linajes” los había encargado Aldonza de Mendoza para San Bartolomé de Lupiana, de dónde fueron mandados traer en 1495 por el duque a su palacio.
Aunque algunos artesonados se perdieron cuando la reforma que hizo entre 1578 y 1580 Iñigo López de Mendoza, el quinto duque, se conservaban los más importantes como el Salón de Linajes (decorado con un árbol genealógico de toda su familia, con los escudos de las familias con que se emparentaron, los supuestos retratos de sus miembros y frases explicativas, leones y grifos), el de Los Salvajes (decorado con salvajes, serpientes y leones, y una magnífica chimenea de alabastro) o el de Los Cazadores o “de las visitas” (con trofeos de guerra y caza, y decoración con temas mitológicos y de caza), todos en la planta principal y todos perdidos en 1936.
El edificio estaba unido por un pasadizo a la desaparecida iglesia de Santiago, construida por alarifes mudéjares en el siglo XVI y finalizada de derribar en 1903 para ampliar la actual Plaza de los Caídos. El palacio tuvo desde sus comienzos unos jardines a poniente, para disfrute de sus duques. Fueron realizados por artesanos mudéjares a finales del siglo XV. Los jardines fueron profundamente remozados en tiempos del quinto duque, insertando temas propios del renacimiento o del manierismo. Tenían "un estanque de los mejores y más hermosos ... con una isla en el medio ceñida de balaustres de piedra, dónde van a comer cisnes y ánades que en dicho estanque andan", estaba "muy aderezado de pinturas, estatuas, fuentes y huertos, y tiene a Poniente sus estanques de peces y cisnes". Se cree que las estatuas las trajo de Italia directamente, y el pudibundo duque hizo cubrir las "vergüenzas" a algunas de ellas. Nada de todo ello queda en la actualidad.
Asimismo, el mencionado quinto duque hizo abrir unos balcones y realizó una serie de obras al gusto de la época pero que desvirtuaron, en parte, el aspecto y estilo original del edificio. Trajo desde El Escorial al florentino Rómulo Cincinatto, una vez acabadas las pinturas que le mandara Felipe II, y le encargó las pinturas de los techos de las salas de la planta baja, realizadas hacia 1580.
El palacio quedó abandonado cuando la sexta duquesa Ana de Mendoza pasó a vivir a sus casas de Madrid, cerca del palacio real y en plena corte, para así defender mejor sus intereses. Salvo algunas estancias prolongadas en tiempos del décimo duque, el palacio quedó a su suerte. Fue residencia del gobernador francés de Guadalajara en la Guarra de la Independencia, y sufrió algunos daños.
Reinando Isabel II, la casa ducal del Infantado se unió por herencia a la Casa de Osuna, y a la muerte del duque en 1882 el título pasó a la Casa de Valmediano, los Arteaga, cuyos descendientes son los actuales duques del Infantado. El palacio fue donado al Ministerio del Ejército en 1878, que puso allí un Colegio de Huérfanos de Guerra atendidos por monjas de la Sagrada Familia. El salón de Linajes,estaba habilitado como capilla en 1932.
En la última Guerra Civil, Guadalajara fue bombardeada con bombas incendiarias por la aviación nacional el 6 de diciembre de 1936, cayendo en el palacio algunas de las destinadas al cercano Cuartel de San Carlos, lo que provocó un incendio durante tres días. Toda la parte superior, incluidos los artesonados, quedó destruida. Sobrevivieron las fachadas, el patio de los Leones y las habitaciones inferiores con las pinturas de Cincinnatto. Falto de fondos, el palacio quedó abandonado por años. Quedaron fragmentos de artesonados, unos fueron guardados en una habitación interior, otros fueron expoliados (verificado desde 1960) como el escudo mendocino timbrado con la corona ducal de la chimenea del salón de cazadores, comprado y recuperado por el Museo Nacional de Escultura de Valladolid en 1999.
A pesar de las peticiones de Francisco Layna, no fue hasta 1950 que se hace una primera consolidación de los restos del palacio, tras un artículo-alegato que denunciaba
que “ni se ha descombrado, ni efectuado las obras precisas de protección y consolidación (salvo las provisionales), ni siquiera se elaboró a estas fechas (octubre de 1946) el nada fácil proyecto de reconstrucción”. Sus ruinas eran habitadas por las palomas. Finalmente, gracias a que la bibliotecaria Juana Quílez Martí encontró el documento original de donación del siglo XIX, el Ministerio del Ejercito devolvió las ruinas al duque del Infantado y al ayuntamiento, y éstos lo donaron con ciertas condiciones al Ministerio de Educación, que empezó su reconstrucción en 1961. Esta le dejó con el aspecto que tenía antes de las reformas herrerianas del quinto duque del Infantado, que le habían puesto los balcones de la fachada principal. Por desgracia, afectó negativamente a la inscripción de la puerta monumental de la dicha fachada. Tras la restauración, se puso en el palacio la Biblioteca Pública Provincial (trasladada al palacio de Dávalos en 2004), el Museo Provincial de Bellas Artes y el Archivo Histórico Provincial. En el presente se realizan conciertos en el patio, se hacen algunas exposiciones en sus salones y se celebra el Maratón de Cuentos anual.
Se ha mostrado una reconstrucción virtual del artesonado del salón de cazadores en una exposición en los salones de la Obra Social de Caja de Guadalajara en mayo de 2006. Los restos conservados en el sótano del palacio fueron tratados y desinsectados a finales de 2006 para evitar los daños en ellos producidos por la humedad..
No es la primera vez que ha tenido problemas de conservación el palacio. En 1995 se vino al suelo uno de los escudos que decoran los balcones de la fachada principal, que se hizo añicos imposibilitando la recuperación del original. Los problemas siguen hasta la actualidad, en 2003 salió a la luz que se habían detectado humedades que afectaban a los cimientos del edificio y las piedras de la fachada principal (afectadas también por la contaminación) y hasta febrero de 2005 no ha aparecido la noticia de que "tendrá presupuesto este mismo año para atajar las humedades", pero aunque se piensa que provienen de un antiguo aljibe subterráneo, aún no se han evitado. Hemos de indicar que se están haciendo obras en 2007 de consolidación en las arquerías del patio de los Leones, muestra que de no hay abandono sino quizá falta de medios, incluso para un Monumento Nacional como el Palacio del Infantado. Quizá uno de los problemas del edificio se deba a las diferentes instituciones que lo poseen o lo usufructan, pues tienen competencias en él el Ayuntamiento de Guadalajara, la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el Ministerio de Cultura, a los que se une el derecho de usufructo (sin ejercer aun) de una parte del mismo por el duque del Infantado.
El actual XIX duque, ya anciano, es Íñigo de Arteaga y Martín (Madrid, 1941) y le sucederá en el título, dependiendo de que cambien las Cortes la ley sucesoria o no, su hijo Iñigo o su hija Almudena de Arteaga y del Alcázar, abogada y conocida novelista. El usufructo del Palacio del Infantado fue cedido a la ciudad de Guadalajara aunque una parte del palacio ha quedado reservada para el uso privado del duque del Infantado en el protocolo notarial firmado en enero de 1960 con el XVIII duque. En esas dependencias estuvo el famoso retablo en el que Jorge el Ingles retratara al primer marques de Santillana y a su esposa (siglo XV) hasta que en 1992 fuera llevado a una exposición y ya no volviera. Asimismo el XIX duque celebró en el palacio sus bodas de plata en 1991. ¿Cual será el futuro del Palacio del Infantado? Ante la claridad del documento notarial de 1960, es evidente que se hace necesario llegar a un acuerdo con la casa ducal, que está llevando las negociaciones muy discretamente.
Publicado en Nueva Alcarria el 24 de septiembre de 2007.