Por entonces, surge en Camarillo una notable afición por la fotografía. Comienza a recorrer los caminos de la provincia de Guadalajara, y retrata con la cámara estampas populares, rincones urbanos, paisajes y todo lo que merece su atención, que como persona sumamente curiosa y de inteligencia despierta, es todo. En la capital alcarreña toma instantáneas de viejos edificios, iglesias, palacios y nuevas construcciones. A partir de ese momento, Camarillo se transforma en el cronista gráfico de la Guadalajara de los felices veinte.
Sin discusión ninguna, su obra fotográfica marca una época, y todos reconocen en él no solamente un prestigioso comerciante, pionero en muchas cosas de la naciente civilización eléctrica, sino una magnífico artista, un sensible voyeur que plasma en sus placas la realidad poetizada de una tierra que sigue siendo pobre, y atrasada. Después de la Guerra civil, en 1944, consigue exponer su obra nada menos que en el Círculo de Bellas Artes de Madrid: su colección fotográfica es inaugurada personalmente por Ibáñez Martín, a la sazón ministro de Educación Nacional. Coincidiendo con la exposición, diversos escritores e intelectuales alcarreños y madrileños dan conferencias y revalorizan la obra de Camarillo. Cuatro años más tarde publica, con textos del cronista Layna Serrano, un libro recopilatorio con las mejores fotografías de aquella exposición: La provincia de Guadalajara, que ese era su título, es hoy una de las joyas de la bibliografía provincial. Tomás Camarillo murió en 1954, dejando en legado a la provincia (a través de su Excma. Diputación Provincial), todo su archivo de negativos y álbumes, así como la vieja y pesada máquina fotográfica que había utilizado. Una lápida en la casa donde vivió sus últimos años (en la cuesta de Luis de Lucena) y una calle dedicada a su nombre, es lo que la ciudad ha dedicado a la memoria de Tomás Camarillo.