Maíno, un desconocido pintor de vida tranquila

dominico 292x400 Maíno, un desconocido pintor de vida tranquilaEl Museo del Prado anuncia para el 20 de octubre de 2009 una exposición antológica sobre fray Juan Bautista Maíno o Mayno (Pastrana, 1581- Madrid, 1649), un buen pintor de la primera mitad del siglo XVII al que se pretende devolver a su lugar en la pintura española. Su vida no fue agitada, sino tranquila como correspondía a un hombre religioso de vocación y de carácter pacífico aunque, como veremos, de decisiva intervención en ciertos momentos. La relativa escasez de su producción (con plena seguridad, apenas suman 35 obras, de momento) y la escasez de datos biográficos, como corresponde a una “persona normal”, apuntan a que la exposición del Prado será crucial para situarle en el lugar que merece dentro de la pintura barroca española y la corte de Felipe III y el inicio de la de Felipe IV.

La confusión sobre la biografía de Juan Bautista Maíno puede comprobarse ante las diferentes fechas de nacimiento, e incluso de muerte (y eso que ésta se halla mejor documentada) que hay en la bibliografía impresa o en internet. Uno de los errores se debe a que en 1578 nació un hermano mayor suyo de nombre “Juan”, con el que se le confundió, mientras que él aparece como “Juan Bauista” en su partida bautismal de 1581. Los primeros datos se publicaron en 1957 por el padre García Figar, y se clarificaron en 1978 gracias al médico e investigador de Pastrana Francisco Cortijo Ayuso. El profesor de la UAM Fernando Marías publicó en 1976 los datos de su expediente de limpieza de sangre, que necesitó para poder ingresar como monje dominico.

Su padre, y homónimo, era un comerciante de sedas milanés (de familia que vive y es enterrada en el mismo Milán, según Marías) afincado en Pastrana hacia 1571 al amparo de las medidas proteccionistas de la industria local realizadas por Ruy Gómez de Silva (1516-1573), primer duque de Pastrana y hombre de confianza y leal a Felipe II. Sus abuelos paternos se llamaron Francisco Maíno y Bona Magdalena. La madre del pintor parece de origen hispano-portugués, posiblemente judeo-converso. Hay dudas entre los autores sobre si fue o no doncella de la princesa de Eboli. La primera hija del matrimonio es bautizada en 1575 y el sexto, y último, en 1582. El pintor fue el quinto (¿?) hijo, que aparece como  “Juan Bautista Mayno” en la partida de bautismo de fecha 15 de octubre de 1581.

El nombre de la madre aparece en los documentos de bautismo, presentados por Francisco Cortijo, de los seis hijos de diferentes maneras: como Ana de Castro, como Ana de Figueredo, como “la marquesa” o como “la marquesa de Figueredo”. Obviamente no era noble, pues una noble no realizaba trabajos con sus manos ni se casaba entonces con un comerciante de recursos medio-bajos. “Marquesa” más parece un apodo local para distinguirla, como aún se hace en nuestras localidades. Asimismo, el título de marquesa “brilla por su ausencia” en el expediente de limpieza de sangre del pintor. El padre del pintor aparece en algunas de las partidas de bautismo como “Juan Bautista Mylanes”, de origen plebeyo pues nunca se le da tratamiento de “don” ni en los documentos estudiados por Cortijo y ni en los que publicaron Juan José Junquera o Marías. No parece que el padre del pintor hubiera enviudado y casado de nuevo con otra mujer de igual nombre porque, aun careciendo de libros de matrimonio parroquiales hasta 1600, en los hijos bautizados en 1578 (Juan, el tercero) y 1582 (Francisco, sexto y último) aparece “Ana de Castro” como madre. Leticia Ruiz, Comisaria de la exposición del Museo del Prado, considera que hubo en realidad dos familias distintas, la del milanés Juan Bautista Maíno (padre) con la portuguesa Ana de Figueredo y la otro Juan Bautista, también milanés, con la pastranera Ana de Castro. y por ello el pintor solo tuvo tres hermanos mayores que él; Ana Magdalena, Isabel y Carlos, éste fallecido al poco de nacer.

Cortijo halló la partida de bautismo de una “Ana de Castro” en Pastrana en 1557, hija de Diego de Castro, mercader, y Elvira de Vera, estimando que estos Castro se establecieron en Pastrana hacia 1541. Cortijo Ayuso (buen conocedor local) menciona diversos apodos de mujeres que aparecen en la documentación del siglo XVI y publicó un texto sobre los motes en Pastrana en 1992. Se sabe que esa Ana de Castro testó, murió y fue enterrada en Pastrana antes de 1602. Cortijo hace mención a la inestabilidad y libre elección de los apellidos en esa época, así como el origen portugués de una rama de los Castro, pero también del entierro de la madre del pintor en Madrid en 1641, por lo que ambas “Anas” no podían ser la misma persona.

Hay, pues, varios datos discordantes. Junquera (1977) menciona la carta de dote que la madre del pintor otorga en 1594 a su hija mayor Ana Magdalena, donde hay un poder notarial del padre en el que dice que viaja en 1592 desde Lisboa hacia Angola y es “milanés y vecino de Pastrana”, y donde la madre firma como “Ana de Figueredo”, “natural de Lisboa y vecina de Madrid”. Marías (1976) menciona las averiguaciones hechas en Lisboa incluidas en el expediente de limpieza de sangre, donde aparece que sus abuelos maternos, Luis Fernández Figueredo e Isabel Lobata (la cual vivía en 1592), eran vecinos de Lisboa y que, tras enviudar, Isabel se había trasladado a Madrid donde falleció. Marías y Junquera mencionan a la madre del pintor como “Doña Ana de Figueredo”, con este título.

En todo caso, la familia del pintor vivió en Pastrana mientras duró la influencia que sobre la villa tuvieron sus primeros duques, los príncipes de Eboli, que hicieron de Pastrana una villa muy poblada, con incipiente industria y en expansión. En vida del pintor Maíno, el personaje más influyente y poderoso de Pastrana era el obispo fray Pedro González de mendoza (1570-1639), hijo menor de los príncipes de Eboli, mecenas de la Colegiata y costeador del mausoleo para sus padres en la cripta. Había caído en desgracia en la Corte cuando cayó el duque de Lerma. Parte de la familia del pintor pasó a Madrid en 1592 y, finalmente, a Filipinas (en fecha indeterminada entre 1601 y 1607), muriendo el padre del pintor y su hermana mayor en Manila. El pintor había trabajado en Madrid siendo “muchacho de poca edad”, después de 1592.

La mayor experta española en la vida y obra de Maíno es la Comisaria de la exposición, Leticia Ruiz Gómez, doctora por la U.A.M., Conservadora por oposición en el Cuerpo de Museos y jefe del Departamento de Pintura Española anterior a 1700 del Museo del Prado. Ha anunciado la presentación de nueva documentación biográfica sobre el pintor. Ella menciona que la característica de su pintura es su riqueza en color y unos claroscuros muy marcados, aprendidos en Italia. En efecto, parece ser que Maíno realizó su primera formación en Madrid pero durante su juventud, aproximadamente entre 1600 y el fin de 1607, marchó a Milán y Roma, conociendo allí a varios pintores que influyeron en su estilo y formación, como el gran pintor Michelangelo Merisi da Caravaggio (Milán, 1571 – Porto Ércole, 1610),  Annibale Carracci (1500-1609),  Guido Reni (1575-1642) y Oracio Gentileschi (1563- 1639), padre de la famosa pintora Artemisia Gentileschi  (1593- h. 1654). Todos coinciden en que fue un pintor caravaggista e influido por los clasicistas boloñeses de inicios del siglo XVII. Junquera menciona la posibilidad de dos viajes a Italia dentro del periodo antes mencionado, en vez de sólo uno más largo.

En 1605 se bautizó en Roma a Francisco, hijo natural del pintor y de Ana de Vargas. En 1609 se sabe que se encontraba en Roma, trabajando como pintor.

Maíno vuelve a Castilla y se instala en Toledo en 1611. Es muy posible que realizara unos cuadros de incierta atribución a Carlo Saraceni (h. 1570- 1620) en la catedral de Toledo, y que conociera a El Greco, que falleció en 1614, y hasta que aprendiera de él. Al menos eso afirma Antonio Palomino (h. 1665-1726) pero basta comparar los estilos de ambos para comprender la poca influencia que El Greco tuvo en Maíno, en cuya obra la principal influencia corresponde al tenebrismo naturalista italiano de Caravaggio y su discípulo Gentileschi, estilo al que todos los críticos le asignan.

Maíno recibió en 1612 el encargo de pintar el, llamado, Retablo de las Cuatro Pascuas para el convento de los dominicos de San Pedro Mártir de Toledo. Esta obra, que se considera su obra maestra, pudo perderse tras la Desamortización de 1835 pero acabó en los fondos del Museo del Prado, museo que alberga la mayoría de su obra. Formaron parte de este conjunto la Adoración de los Pastores, la Adoración de los Magos, Resurrección y Pentecostés, junto a un San Juan Bautista y un San Juan Evangelista.

Mientras los pintaba, decidió profesar en el propio convento, ingresando el 27 de julio de 1613 en la orden de Santo Domingo tras las correspondientes pruebas de limpieza de sangre. La fe, caridad y religión le acompañaron el resto de su vida, disminuyendo con ello su producción pictórica. Dijo Jusepe Martínez (1600-1682) que “no hizo muchas obras, que como él no pretendía mas que lo que tenía, no cuidó más que de su comodidad” y que era muy diestro en “retratos pequeños”. Ello no le impidió pintar en Toledo su mejor segunda obra, según los críticos, otra Adoración de los Pastores que está en el museo del Ermitage de San Petersburgo y que suele aparecer reproducida cuando llegan las Navidades, así como otro Pentecostés que está en El Prado, una Magdalena penitente (1612) y una Santa Catalina de Siena, entre otros.

En 1615 actúa en Toledo como tasador de unas pinturas para la capilla del Sagrario de la catedral y de los lienzos que hicieron el Greco y su hijo Jorge para San Vicente Mártir.

En 1619 fue llamado por Felipe III para ser profesor del Príncipe de Asturias. Maíno inició en la pintura al futuro Felipe IV, “que no manejaba mal los pinceles”, alojándose primero en el monasterio dominico de Santa María de Atocha, que estaba bajo el patronazgo directo de los reyes. En 1619 acompaña a su pupilo en su viaje a Lisboa. Se traslada hacia 1626 al concento de Santo Tomás de Madrid, donde pintará en 1629 el famoso Santo Domingo en Soriano, obra desaparecida pero de la que hay copias en San Sebastián y San Petersburgo y ha sido repetidamente reproducida.

Antes, en 1627, hubo un concurso público para realizar una pintura conmemorativa de la expulsión de los moriscos (sucedida en 1609), que juzgaron Giovanni Battista Crescenzi (1577-1635) y Maíno. Su fallo fue favorable para la obra realizada por el joven Diego Velázquez (1599-1660), hecho decisivo para la carrera del pintor en la Corte madrileña, aunque poco podemos saber de la obra premiada al desaparecer en el incendio que destruyó el Alcázar madrileño en 1734.

Maino, “una de las voces más autorizadas en materia artística en la corte de Felipe IV”, no sólo fue importante en el comienzo de la carrera de Velázquez, sino que los estudiosos apuntan a que fue la persona que tuvo a su cargo la distribución en cuanto a pintores y temas que adornaron las paredes del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro (Madrid), que pretendía ser la muestra del poder de Felipe IV, “el rey planeta”, mostrando, entre otras series de cuadros, las más importantes victorias contemporáneas de la Monarquía Hispánica. El Salón de Reinos fue decorado a lo largo de 1634 e inicios de 1635, estando en él instalados los cuadros en abril.

Una de éstos fue la Recuperación de Bahía de Todos los Santos, que tuvo lugar el 1 de mayo de 1625 cuando la Armada mandada por Fadrique de Toledo y Osorio (1580-1634) reconquistó a los holandeses este puerto del Brasil portugués. Se consideró tan importante el hecho que Lope de Vega escribió en noviembre de ese mismo año una obra teatral, “El Brasil Restituído”. El propio Maíno realizó este cuadro, en el que resalta que, en primer y principal plano, se muestre el dolor de los heridos en la lucha, “que desplaza a un segundo lugar a la imagen de la victoria” y al cuadro que muestra don Fadrique del rey Felipe IV y, detrás, su “soporte” en la tierra, el poderoso valido real Gaspar de Guzmán (1587-1645), el Conde-Duque de Olivares. La piedad de un dominico ha puesto al rey, al valido y a las armas victoriosas detrás de la visión cristiana y compasiva de un herido, las mujeres que le atienden y unos niños, todos ellos víctimas de la guerra y mostrados con un color que abandona el tenebrismo caravaggista. Tampoco fue cruel, sino magnánima con el vencido, la representación de “La rendición de Breda” del genio Velázquez para el mismo Salón de Reinos,

Oficialmente, La Recuperación de Bahía tenía el mensaje, auspiciado por el poderoso Conde-Duque de Olivares, de unidad y colaboración (al representar la reconquista de un territorio del Brasil portugués por una escuadra castellano-portuguesa) que intentaría forzar con la “Unión de Armas”, la cual provocó la sublevación de Portugal y Cataluña. Al estar representado en el cuadro el Conde-Duque, tras su caída en desgracia en 1643, se desplazó el cuadro a un lugar alejado dentro del Salón.

Aunque su producción es, principalmente, religiosa y de “delicada espiritualidad”, Maíno también realizó algunas obras profanas, “finos retratos” de pequeño tamaño como un Retrato de un caballero (El Prado, hacia 1613-18) y un Retrato de fraile dominico (museo Ashmolean, Oxford), amén del cuadro sobre la toma de Bahía, antes mencionado. Se le atribuye también un retrato del joven rey Felipe IV. Por el retrato que hizo a la beata Isabel de Briñas, acusada de hechicería y que acabó condenada a desterrada de la corte, Maíno fue interrogado en 1638 como testigo por la Inquisición madrileña.

Actuó como tasador de la colección pictórica de Luis Lasso de la Vega, conde de Añover, tras su muerte en 1632. Asimismo, se conocen sus aficiones literarias, pues acudía a la tertulia madrileña de Pedro Mexía de Tovar, conde de Molina de Herrera. En El Jardín de Apolo, Lope de Vega dice de él: “Juan Bautista Maíno / a quien el arte debe / aquella acción que las figuras mueve”. Murió y fue enterrado el 1 de abril de 1649 en el convento de Santo Tomás de Madrid.

En Pastrana se hallan dos cuadros suyos, una Trinidad y una Anunciación, en el altar del coro alto, dentro de la clausura del monasterio de monjas franciscanas concepcionistas de San José (“las monjas de abajo”), ahora en restauración en El Prado y, probablemente, hecho a su vuelta de Italia y antes de instalarse en Toledo. El altar fue donado al convento por sor Ana de Morales, que llegó a abadesa en 1617 y falleció en 1619. Las franciscanas dejaron finalmente Pastrana en enero de 1995 tras una polémica que alcanzó nivel nacional sobre las obras y objetos de arte contenidos en el convento. Estas monjas habían sustituido en este convento a las carmelitas, huidas cuando la princesa de Eboli se instaló en el convento en 1573. Por cierto, se sabe que el pintor estuvo un tiempo en Pastrana y puesto que pagó en 1608 unos réditos debidos por su padre al convento de san José, lo que nos sirve para datar estos cuadros, aunque otros autores los fechan hacia 1610.

Leticia Ruiz Gómez publicó en el Boletín del Museo del Prado (46, 2006, pp 14-23) la atribución a Maíno de dos cuadros dentro del Retablo de Miranda (1628) de la colegiata de Pastrana, que proviene del antiguo convento desamortizado de San Francisco. En ellos aparecen los donantes del retablo, el matrimonio del mercader Juan de Miranda (fallecido en 1633) y Ana Hernández, la una con san Juan Bautista y el otro con san Francisco. Pudo comprometerse a realizarlos cuando en 1627 se halla en Pastrana redimiendo unos censos contraídos por su familia.

José Luis García de Paz

El Decano, 2 de octubre de 2009. Actualizado el 11 de noviembre.



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