Salinas en tierras de Guadalajara
La sal, tan común en nuestras casas, era un bien escaso y muy apreciado desde la prehistoria. Además de como condimento, su principal empleo era para la conservación de alimentos mediante la “salazón”. La desecación de mares interiores en eras geológicas pasadas ocasionó la existencia, tierra adentro, de yacimientos de sal que podían salir a la luz mediante excavación o mediante su arrastre por el agua de modo natural. Reciben el nombre de salinas los lugares dónde se extraía la sal, bien de minas o bien evaporando las aguas de manantiales o pozos (como en Guadalajara), gracias al sol, en anchos estanques de poco fondo llamados “eras” o “cristalizadores”, dónde queda depositada una capa de sal. La salinidad favorece la presencia de flora y fauna caracterizadas por soportar las condiciones salinas, que la flora y faunas comunes en el resto de la comarca no soportan, creando hábitats raros, frágiles y más típicos de ambientes costeros.
Algunas salinas de Guadalajara ya fueron explotadas por celtíberos y romanos. El monopolio de la sal fue una fuente de poder político y de beneficio económico para los monarcas medievales, que concedieron privilegios salinos a nobles y obispos, y todos ellos, a algunos monasterios. Cuenta una leyenda algo exagerada que, gracias a sus salinas en Imón, el Obispo de Sigüenza levantó la catedral. También la rama de los mendoza Condes de Priego obtuvo buenos beneficios de las salinas de Armallá. En ambos casos, los testimonios escritos y la arqueología demuestran que hubo extracción de sal en la zona en tiempos prerromanos.
Por mencionar algunos ejemplos de donaciones, el monasterio benedictino de Sopetrán recibió en 1452 del marqués de Santillana 100 fanegas anuales de sal de sus salinas en la comarca de Atienza, los jerónimos de Lupiana recibieron de los Reyes Católicos una gran cantidad de sal anual a recoger de las salinas reales de La Loma (junto a Saelices de la Sal, en el valle del río Linares), los jerónimos de San Blas de Villaviciosa recibieron de Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, un asentamiento de 100000 maravedises anuales sobre su participación en las salinas de Saelices y la Loma, el monasterio cisterciense de Monsalud recibió de Enrique III 20 cahíces anuales de sal sus salinas en la zona de Atienza y las monjas bernardas de Buenafuente del Sistal recibieron de doña Sancha Gómez, a poco de su fundación, las salinas y heredades de Anquela.
La primitiva actividad de las salinas sufrió por la decadencia del siglo XVII. Durante la Ilustración, el rey Carlos III quiso impulsar la producción de sal, mejorando la producción salinera en todo el país. En Guadalajara reconstruyó y mejoró las salinas de Imón, La Olmeda de Jadraque, Saelices de la Sal o Armallá, construyéndose nuevas balsas, almacenes y maquinaria (como por ejemplo norias), empleando sobretodo la madera. Todo ello es parte de nuestra “arqueología industrial”. En La Olmeda de Jadraque se fundó una colonia con viviendas para los trabajadores, aunque ya existía la salina en la Edad Media.
Las principales salinas de Guadalajara se pueden agrupar en dos zonas, la zona cercana al río Salado (aunque se las llame “de Atienza”), con aguas que desembocan en el Henares, y la zona de los ríos afluentes del Alto Tajo, más amplia y que por ello la subdividen en el Señorío de Molina y en la zona del ducado de Medinaceli frontera con éste. Esta zona montañosa, confluencia de los Sistemas Central e Ibérico, tiene numerosas salinas, como las que hay cerca de Medinaceli (Soria).
En la comarca de Atienza hay doce salinas catalogadas. La mayoría de ellas se encuentran siguiendo el curso del río Salado desde su nacimiento, y así encontramos las de Paredes de Siguenza, Rienda, Riba de Santiuste, Imón, Santamera (también conocidas como Gormellón, término municipal de Riofrío) y El Atance, ahora debajo del embalse homónimo. Cercanas al río están Bujalcayado (término municipal de Riosalido, apenas a 200 metros de las de La Olmeda), La Olmeda de Jadraque, Carabias y Tordelrábano, ahora sepultadas bajo una carretera. Más alejadas de este río, y hacia el este, se hallan Valdealmendras y Alcuneza.
Sólo Imón y La Olmeda son “históricas”. Las explotaciones de Rienda son de hacia 1870, a finales del siglo XIX las de Santamera (aunque como Gormellón existía reinando Felipe II), Tordelrábano, Valdelrábano y Bujalcayado, y a comienzos del XX las de Alcuneza, Carabias. Paredes de Sigüenza, Riba de Santiuste y El Atance. En 1993 funcionaban tan solo La Olmeda e Imón.
En el Señorío de Molina estarían las de Armallá o Almallá (recibe los dos nombres) en Tierzo, y en su frontera pero ya en el ducado de Medinaceli estarían las de Anquela del Ducado, La Loma y Saelices de la Sal (San Juan), y las “salinas de la Inesperada”, cercanas a Ocentejo, como casos más señalados
En estos momentos no hay actividad industrial en las salinas, cerradas por ser antieconómicas. Las de Imón cosecharon sal hasta 1993 y vendieron el último grano en 1997, y ahora están paradas. La localidad es una pedanía de Sigüenza. Junto a ellas se han abierto varios hoteles, restaurantes y un balneario. En Tierzo está proyectado el uso turístico de las salinas de Armallá, también cerradas, con un mirador y paneles explicativos. Sin embargo, hasta ahora sólo se ha concretado el proyecto de restauración del humedal de las salinas de Saelices de la Sal, promovido por el Ministerio de Medio Ambiente y la Junta de Castilla-La Mancha. EL proyecto contempla la recuperación de la salina de San Juan y la creación de un museo de la sal. Esta prevista su finalización en 2007.
Quiero resaltar los esfuerzos del grupo coordinado por el profesor Trallero Sanz, de la Escuela de Arquitectura Técnica de la Universidad de Alcalá de Henares, con su estudio premiado en 1999 dedicado a las “Salinas de la Comarca de Atienza”, refundido posteriormente en forma de libro (2003). Especialmente importante es el esfuerzo de la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior (http://salinas.castillalamancha.es), que lleva a cabo su estudio con el objeto de su preservación y restauración. Desde hace dos años está realizando un estudio etnológico sobre las salinas de Castilla-La Mancha, con ayudas de dicha Comunidad. En el mes de noviembre de 2005 la Asociación ha llevado a cabo un ciclo de conferencias titulado “Patrimonio Natural y Cultural de las Salinas”, dentro de la V Semana de la Ciencia de la Comunidad de Madrid.
Las salinas son parte de nuestro patrimonio, algunas han sobrevivido veinte siglos. Su carácter singular les hace merecedoras de su conservación y puesta en valor.
No hay carretera sin puente,
desierto sin arenal,
ni muchachita en Imón
que no tenga gracia y sal.
Edificios de madera en las Salinas de Imón.
La naturaleza corrosiva de la sal en altas concentraciones sobre los metales, bien conocida por quienes viven en la costa, hizo conveniente el empleo de la madera para las edificaciones junto a las salinas. Un ejemplo de estas construcciones se pueden encontrar aún junto a las salinas de Imón. Son unos almacenes situados en la zona central de las salinas, hechos mediante la carpintería de armar española, y una serie de pequeños edificios de norias de madera, recocederos y albercas. Todos ellos fueron hechos por artesanos carpinteros a finales del siglo XVIII, y han ido siendo reformados y adaptados a lo largo del pasado.
Los cinco edificios que albergaban las norias son de planta octogonal, con estructura de madera que se enlaza con el vértice de la cubierta. Los muros son de sillería y mampostería ordinaria de piedra caliza cogida con mortero de cal.
El almacén de San Pedro, construido en el siglo XIX, está en ruinas y los de San José y San Antonio son obras de arquitectura popular con una entreplanta construida sobre viguería de madera. El de San Antonio es de menor anchura. Gracias al ambiente salino se conserva bien la madera. Sin embargo, debido la ausencia de mantenimiento, gran parte de este patrimonio desaparecerá merced al tiempo, la lluvia o, incluso, el vandalismo.
José Luis García de Paz.
Para El Decano. 9 de diciembre de 2005.
(con datos proporcionados por Katia Hueso)