El Empecinado y Guadalajara

El EmpecinadoJuan Martín Díez, más conocido como El Empecinado, fue un militar y patriota español, fiero combatiente contra el invasor francés y luego por sus ideas liberales. Hombre honrado, tuvo una muerte injusta traicionado por el rey a quien había servido.

Juan Martín Díez, más conocido como El Empecinado, nació el 2 de septiembre de 1775 en Castrillo de Duero. Fue un hombre de fuerza hercúlea y su apodo lo debe a las “pecinas” de su pueblo natal. Orgulloso de su apodo, logró que se convirtiera en su propio apellido por orden real en 1814. Casado jóven en 1796 con Catalina de la Fuente, tuvo escasa felicidad conyugal y los esposos fueron infieles uno a otro repetidas veces.

Tras la ejecución de Luis XVI de Francia, España declaró la guerra a este país, en la que intervino Juan Martín cuando contaba 18 años de edad. En la campaña del Rosellón estuvo a las ordenes del general Ricardos y germinó en su corazón el odio hacia los franceses, y los dos años que duró la contienda (1793-95) fueron para él una espléndida escuela de aprendizaje en las artes de la guerra. Terminada la campaña regresó a su pueblo.

En 1808 se produjo la invasión de la península Ibérica por parte de los ejércitos de Napoleón. Es posible que la violación de una muchacha de su pueblo por un soldado francés al que Juan Martín dio muerte en feroz lucha sobre el río Duero, fuera el detonante de la fulgurante carrera del que habría de llegar a ser el más formidable y temido enemigo que Francia tuvo en los campos de Castilla. A partir de este suceso, determinado a combatir contra los invasores, comenzó en abril de 1808 (es decir, antes del “2 de mayo”) sus acciones bélicas con un grupo de muchachos de su pueblo y de los contornos, incluidos sus tres hermanos. Intervinieron en el combate sostenido en el puente de Cabezón de Pisuerga y posteriormente en la batalla de Medina de Rioseco, donde los franceses obtuvieron débiles victorias. En 1808 fue apresado por los españoles y encarcelado en El Burgo de Osma, de cuya prisión se fugó poco después.

Tras la batalla de Bailén (19 de julio de 1808) José Bonaparte y los franceses se retiran al norte, vino Napoleón a España, derrotó a las tropas españolas y volvió a ocupar Madrid el 4 de diciembre. Definitivamente entonces Juan deja de actuar enmarcado dentro de un ejército regular español. Guerrero nato aunque sin la preparación adecuada como tal en las enseñanzas tácticas y estratégicas, aquellos enfrentamientos en campo abierto en las llanuras castellanas con una tremenda inferioridad de condiciones tanto humanas como de medios le llevaron a la conclusión de que no era el enfrentamiento tradicional de ejércitos el modo más idóneo de luchar para vencer. Entonces concibió la idea, genial, de combatir en forma de guerrillas, táctica que ha sido seguida después por todos los ejércitos del mundo en algunas circunstancias de una guerra general. Comenzó sus hazañas en Aranda de Duero, Sepúlveda, Pedraza., etc y en la cuenca del Duero durante los primeros meses de 1809, y en la primavera del mismo año en las sierras abulenses y salmantinas.

Pero en vista de la movilidad del Empecinado y de su asombrosa capacidad de maniobra, que la hacía imposible cumplir sus objetivos., los franceses detuvieron en enero de 1809 en Aranda de Duero a la madre del guerrillero así como algunos de sus familiares para, con este medio coercitivo, lograr que depusiera las armas y se entregara. La reacción de Juan Martín fue fulminante al realizar varias acciones que produjeron estragos en las tropas y convoyes franceses haciendo saber al mismo tiempo que si inmediatamente no era liberada su madre, ordenaría el fusilamiento de más de cien soldados franceses que mantenía prisioneros y, además, ejecutaría ipso facto a todos cuantos en lo sucesivo cayeran en sus manos. La consecuencia de esto fue la inmediata libertad de la madre y familiares del Empecinado. En las gestiones a favor de su madre intervino decisivamente su comportamiento con el general Franceschi, ayudante de Jose Bonaparte, a quien el Empecinado había entregado tras un trato honorable a las tropas españolas regulares.

Posteriormente, por orden de la Junta Central, desplazó en septiembre de 1809 su marco de acción fundamentalmente a las provincias de Cuenca y Guadalajara. Su modus operandi consistió al principio en el de la interceptación de correos y mensajes, algunos de enorme importancia político-militar que suponían graves repercusiones para las tropas napoleónicas, cuyos portadores iban protegidos a veces por uno o dos regimientos de caballería a los que el Empecinado sorprendía, copaba y destruía; de igual modo, el ataque y apresamiento de convoyes de víveres, armas, ropas y dinero. Siempre que puede, el Empecinado conquista, pierde y gana nuevamente pueblos y ciudades. La Junta Central le nombró comandante de caballería en 1809 y brigadier de caballería en 1810, en 1811 manda el regimiento de Húsares de Guadalajara y en ese mismo año fue nombrado general, convirtiéndose oficialmente su guerrilla en la quinta división del segundo ejército español.

Guadalajara será ocupada de nuevo a partir de 1810, con tropas al mando del general Sebastiani, ocupación que es debida a la actuación de partidas de guerrilleros por toda La alcarria y zonas de la sierra y Molina. Brihuega sería ocupado por los franceses de 1810 a 1812 y se convierte en su centro de operaciones en La Alcarria. Muchos pueblos serían ocupados, perdidos, vueltos a ganar y a me nudo saqueados durante la contienda. En el Episodio Nacional titulado “El Empecinado”, Benito Pérez Galdós sigue las andanzas de este héroe atacando las bases francesas de Guadalajara y Brihuega y marchando por Molina, Siguenza, Hita, Jadraque, Atienza y Cifuentes. Hubo otras partidas guerrilleras por Sacedón, como la de Pedro Villacampa, con quien colaboró repetidamente El Empecinado. La principal preocupación de los franceses era mantener la carretera de Aragón y perseguir en lo posible a las partidas. Juan Martín ataca, conquista y reconquista villas alcarreñas, llega a volar el castillo de Torija y a amenazar Guadalajara, amén de llegar a las tapias de la Casa de Campo de Madrid en 1810, lugar de asueto de José I.

Fue tan grave el daño que a los franceses hacían las operaciones guerrilleras del Empecinado, que el más alto mando francés destinó nada menos que al general Joseph Leopold Sigisbert Hugo (que había acabado con el guerrillero napolitano “fra Diavolo”, era padre del futuro famoso literato romántico Víctor Hugo y había recibido en julio de 1810 el título de conde del imperio) para que se ocupara exclusivamente de la persecución y aniquilamiento de Juan Martín Díez y sus fuerzas. El general Hugo intentó convencer en una carta a Juan de que se pasara con rango y honores a servir en el ejército del rey José, lo que motivó la famosa carta de respuesta de rechazo escrita en Cogolludo el 8 de diciembre de 1810 :”No os fatiguéis en tratar de apartarme de mi honroso deber… (El Empecinado y sus tropas) jamás podrán unirse a unos hombres envilecidos, sin honor, sin fe y sin religión. Y me haréis el favor, para en adelante, de suprimir toda correspondencia”. Anteriormente el intendente de Guadalajara también intentó hacerle mudar de bando en enero-febrero de 1810. Por cierto, también combatieron en España Louis Joseph Hugo, hermano del general Hugo y el jefe de la guarnición de Brihuega en marzo de 1810, otro hermano llamado François Juste Hugo y el hijo mayor del general, llamado Abel Hugo. Asimismo estuvo residiendo con su padre desde marzo de 1811 a abril de 1812 el entonces niño Víctor Hugo.

Entre los muchos combates de Juan Martín en Guadalajara citaremos el de Sacedón el 6 de febrero de 1811 y el ataque al puente de Auñón el 23 de marzo de 1811. Curiosamente, este combate aparece en las crónicas francesas como una gloriosa acción defensiva de Louis Joseph Hugo con 550 franceses frente 5000 (!!!) miembros de las partidas españolas, manteniendo la posición hasta que le socorrió su hermano el general Hugo mientras que para las crónicas españolas es un ataque sorpresa y semidestrucción de un destacamento francés. Juan Martín entra en Calatayud en octubre y pronto sucede la casi destrucción de su partida por los franceses en El Rebollar, cerca de Siguenza, el 7 de febrero de 1812, gracias a la traición de su lugarteniente Saturnino Abuín (y no Albuín), “el manco” y al contraguerrilleto Villagarcía. Abuín había perdido el antebrazo izquierdo en septiembre de 1809 en una acción en El Casar de Talamanca. Sin embargo, el herido Juan Martín logra la sorprendente (para los franceses, claro) recuperación de sus tropas que ocupan la propia Cuenca el 8 de mayo de 1812.

A partir de la derrota francesa en la batalla de Arapiles el 22 de julio de 1812, hubieron que abandonar Madrid sus tropas con el propio rey José Bonaparte, quedando una reducida guarnición de hombres, apenas 800 en Guadalajara al mando del general suizo Charles de Preux. Las tropas de El Empecinado muy numerosas y, con el apoyo en la lejanía de las tropas británicas del general Wellington, cercaron la ciudad exigiendo la rendición de la ciudad. Preux intento rendirse a los británicos pero Wellington no acepto su rendición, exigiendo que esta se hiciese en presencia de El Empecinado, Preux hubo de aceptarla y Guadalajara fue liberada por los guerrilleros españoles el 16 de agosto de 1812. Juan Martín había entrado en Madrid con su caballería en Madrid el 12 de agosto de 1812 junto a Wellington. Después, libera Cuenca el 20 de septiembre y jura con sus tropas la Constitución de Cádiz

Sin embargo, la retirada francesa de la mitad sur peninsular (y consiguiente concentración de tropas) junto al fracaso de Wellington en Burgos, permitió a los franceses recuperar de nuevo Madrid el 3 de noviembre y, claro, Guadalajara hasta su retirada definitiva en 1813. Por última vez, Juan Martín burla en combate al general Hugo el 24 de febrero de 1813 y fracasa la intentona de Soult de capturarle junto a Madrid en abril de 1813. Con la retirada definitiva, y abandono de las ciudades por los franceses, se produjo el Expolio de bienes más importante, tanto en Guadalajara como en Madrid. Juan libera definitivamente Alcalá de Henares el 22 de mayo de 1813 tras un fuerte combate (por el que ganará la Laureada) y entran sus tropas en Madrid, que el 27 de mayo había sido evacuado por la guarnición francesa, entonces mandada por el general Hugo.

Galdos en “El Equipaje del Rey José” dice respecto a esta retirada que “les mandaba el general Hugo, y llevaban consigo convoy tan inmenso, que, al verlo, creeríase que en la capital de España no quedaba un alfiler. Desde muchos días antes habían sido embargados cuantos coches, carros y calesas rodaban por las calles de la villa, y casi toda la servidumbre se ocupaba en el embalaje de las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos señores hacían buena presa dondequiera que ponían la mano, y no eran nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse.” Con todo, el general Hugo fue mucho mejor que la mayoría de sus jefes y compañeros, así que imaginense el resto. Tras la derrota francesa de Vitoria el 21 de julio (dónde no intervino Juan pero si Hugo como ayudante del rey José) El Empecinado sería enviado con sus tropas a Tortosa. En los movimientos de tropas francesas había influido, lógicamente, la fracasada campaña de Rusia de Napoleón en 1812.

Durante la Guerra de la Independencia, la villa alcarreña de Fuentelviejo fue uno de los muchos centros de operaciones del Empecinado. Uno de sus lugartenientes, José Nomdedeu o Mondedeu, tuvo relación con Fuentelviejo y Aranzueque, donde fue enterrado. Era natural de Ibi (Alicante). Otros lugartenientes famosos nacidos en la provincia de Guadalajara fueron Nicolas de Isidro, Vicente Sardina y Marcelo Dávila.

Galdós describe la crueldad de ambos bandos en esta guerra, la pobreza de los pueblos (como Sacedón al comienzo de su Episodio Nacional “El Empecinado”) incendiados y saqueados por los franceses por la mañana, dando de comer a los guerrileros más adelante y llevándose el ejército regular lo restante por la noche. “Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses, y vueltas a incendiar por éstos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que los diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno, fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos, y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en su superficie con esperanza de recoger algunas legumbres. Los chicos, desnudos y enfermos, acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer. La caza, por lo muy perseguida, era escasísima y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria.”

Respecto al número de tropas que mandara El Empecinado, los datos “oficiales” indican que la quinta división bajo su mando en el verano de 1811 constaba de 3250 hombres y la llamada sexta división con la que combatiera en Tarragona en junio de 1813 tuvo 4248 hombres. Y, referente a los Expolios que las tropas francesas hicieran en la península, muchos libros del país vecino los tratan como simple “botín de guerra” o como “donaciones voluntarias al vencedor”. Como combatiente, Juan Martín fue respetado, como muestran sus escritos, tanto por Wellington como por los franceses Suchet, Hugo y Belliard.

Al regreso de Fernando VII a España tras el tratado de Valençay, éste anuló la Constitución de Cádiz de 1812 en mayo de 1814 y restauró el absolutismo real. Juan Martín fue inicialmente favorecido por el rey (fue nombrado mariscal de campo en enero de 1815), pero sus ideas liberales y el hecho, como decía el mismo, de “haber jurado la Consticución” le hicieron dar en mano una carta al monarca el 13 de febrero de 1815 pidiendo la vuelta al sistema constitucional. Fernando VII no se lo perdonó y de ahí arranca la animadversión personal del monarca hacia él. Fue desterrado a Valladolid, pero al triunfar el pronunciamiento de Riego en 1820, El Empecinado volvió a tomar las armas, esta vez contra las fuerzas realistas, siendo nombrado durante el trienio liberal, gobernador de Zamora y, accidentalmente, Capitán General. Destacan sus encuentros en 1821 con el “Cura Merino”, también guerrillero antinapoleónico y ahora capitán de una partida “realista”, derrotado repetidamente por “el Empecinado”. La inquina del rey aumentó cuando Juan rechazó en diciembre de 1820 su petición de que traicionara a los liberales.

Durante esta época, con la extensión del liberalismo político y del pensamiento romántico los sectores liberales más radicales reivindican plenamente el movimiento comunero, del cual se consideran herederos directos en su lucha por la libertad y contra el absolutismo de Fernando VII. Introducen el color morado como distintivo y se organizan en sociedades secretas como “Los Comuneros, o “Los Numantinos”. Esta última es una escisión radical de la primera y partidaria de la lucha armada contra Fernando VII, en Los Numantinos, milito Espronceda. El Empecinado, miembro de “Los Comuneros”, también conocida como “Los Hijos de Padilla”, en homenaje a los ajusticiados en Villalar y fundada por Riego. Sus lugares de reunión se llaman “torres”, y es a la de Valladolid a la que El Empecinado acude asiduamente, adornándose con el distintivo de la misma, una cinta morada con la inscripción “Constitución o muerte”.

Consciente del enorme valor mítico de los comuneros para los sectores liberales de una sociedad penetrada de las utopías románticas, no dudó en reivindicarlos de forma clara; organizó una expedición a Villalar en busca de los restos de los tres capitanes ejecutados en esa villa en 1521, encontrando restos humanos que atribuyó a, Padilla, Bravo y Maldonado, y que fueron trasladados con grandes ceremonias a la Catedral de Zamora, donde fueron enterrados. Estos hechos tuvieron su punto central en un acto de homenaje a los comuneros en la plaza de Villalar el 23 de Abril de 1821, en lo que puede ser considerado como primer antecedente contemporáneo de las celebraciones de Villalar que, hoy conocemos.

Sin embargo, los restos que Juan Martín encontrara en Villalar no eran los verdaderos comuneros allí decapitados, sino unos huesos preparados al efecto por las autoridades locales al saber que venían a buscarlos. Este engaño ya fue descubierto y publicado por un historiador en 1870. Las familias de los tres comuneros llevaron sus verdaderos restos a Toledo, Segovia y Salamanca en el siglo XVI.

El Empecinado volvió a combatir en Guadalajara para sostener al régimen liberal. Estuvo acompañado por es un tío segundo de la madre del escritor Pío Baroja, Eugenio de Aviraneta (1792-1872), que fue militar, espía y conspirador, y por aquel entonces ayudante militar de El Empecinado cuando combate contra las partidas realistas en Guadalajara. Realizan una rápida campaña en que partiendo de Alcalá de Henares el 20 de enero de 1823, Juan derrota al suizo Ulman el 24 de enero en Caspueña, evitando que los realistas ocupen Guadalajara, derrota al también realista Jorge Bessieres en el puente del Henares, le persigue y le vuelve a derrotar el 29 en el puente de Sacedón persiguiéndoles hasta Huete, que conquista el 10 de febrero, y Priego, el 14 de febrero. La Alcarria quedó limpia de partidas realistas y Aviraneta logró el grado de Capitán de Caballería por esta campaña. Eugenio se separaría de Juan Martín y su triste destino y participaría (entre muchas peripecias) en labores de espionaje y conspiración por Vascongadas y Navarra durante la Primera Guerra Carlista, contribuyendo al Convenio de Vergara (1838).

Al llegar los cien mil Hijos de San Luis acaba este episodio liberal en Castilla, tras la pobre, resistencia que pudieron ofrecer “Numantinos” y “Comuneros” en los asedios de Valladolid, León y Madrid al desmoronarse el ejército liberal en toda España. Realmente fue una “guerra civil” pues los “realistas” y sus partidas (como la del cura Merino) apoyaron y ayudaron al ejército francés en su paseo por las tierras de las que habían huido en 1814. De hecho, varios de sus lugartenientes de la guerra de 1808-1814, como Isidro y Mondedeu, ahora militaban en las filas realistas. Con su mujer Catalina apenas tenía trato y tenía tres hijos (Manuel, Felipe y Valentín) fuera de matrimonio.

Derrotado el régimen liberal en 1823, Juan Martín marchó hacia Cáceres y la frontera con Portugal, de donde regresó tras la rendición de las tropas liberales.  Sin embargo, al llegar a Olmos de Peñafiel camino de Roa, fue detenido por un antiguo y rencoroso enemigo personal, el corregidor Domingo Fuentenebro, quien por espacio de dos años le hizo exhibir en jaula de barrotes de hierro en los días de mercado ante las insolencias de la gente y las lágrimas de su madre, siendo finalmente condenado en 1825 a morir en la horca de una forma ingominiosa y con la aquiescencia (y especial enquina) del propio Fernando VII y a pesar de varias peticiones de clemencia, una de su esposa Catalina.

Camino del lugar de la ejecución El Empecinado, enfurecido, rompió en una portentosa demostración de fuerza muscular las cadenas que le ataban codo con codo, y acometió a la desesperada a sus guardianes, los que le cosieron a bayonetazos. Así fue, sin embargo, llevado al cadalso y ahorcado, hecho sucedido en Roa el 19 de agosto de 1825. Es enterrado sin féretro en una fosa abierta en el cementerio de Roa y cubierto “por treinta carros de piedras y tierra”.

En 1843 sus restos son exhumados para darle digna sepultura. Esta se le daría finalmente en el monumento erigido por suscripción popular en Burgos (ordenado en 1844 pero no acabado hasta 1856), enfrente de lo que en aquel entonces era el cementerio de Burgos, actualmente Seminario Mayor, al final de la calle Fernán González.

En la revista “Interviu” de fecha 9 de septiembre de 2002 hay un articulo sobre los restos de “el Empecinado” y una polemica sobre la pertenencia de estos. Dice: “Luchó contra las tropas francesas en la guerra de la independencia, era un experto en la guerra de guerrillas, abrazo la Constitucion de 1812 y era un convencido liberal. Cuando el rey Fernando VII, aquien ayudó para expulsar a las tropas napoleónicas, volvió a sus andadas absolutistas, le ordenó detener y finalmente fue ejecutado en Roa (Burgos). Sus restos yacen en la capital burgalesa, pero sus descendientes quieren que repose en el pueblo vallisoletano que le vio nacer. Entre tanto Juan Martin, “El Empecinado”, no logra descansar en paz”.

Creo que merece relatarse la historia de este gran hombre en esta web, especialmente en el aniversario de la guerra contra Napoleón

Bibliografía

  • “Juan Martín El Empecinado, Terror de los franceses”. F. Hernández Girbal (Madrid 1985 –Ediciones Lira)
  • “Historia de España en sus documentos”. Fernando Díaz Plaja (Madrid 1983)
  • “El Empecinado visto por un ingles”. Traducción de Gregorio Marañon (Sexta edición Madrid 1973 – Espasa Calpe, Colección Austral)
  • “La España de Fernando VII”. Miguel Artola Gallego en la Historia de España, dirigida por Ramón Menéndez Pidal (Madrid 1968)
  • “Los recursos de la astucia”. Pío Baroja (Madrid 1937)
  • “Historia de Guadalajara”. Antonio Ortiz y otros (2000)
  • “Juan Martín El Empecinado” y “El Equipaje del Rey José”. Episodios Nacionales. Benito Pérez Galdos (Madrid, hay varias ediciones)
  • “La úlcera española: historia de la Guerra de la Independencia”. David Gates (Madrid 1987)
  • Diversos diccionarios y enciclopedias, destacando la Gran Enciclopedia Larousse y el Diccionario Enciclopédico Espasa-Calpe.
  • “Breve reseña biográfica del Empecinado”. Andrés R. Amayuelas.


Etiquetado como: