El viaje a la Alcarria de Ernest Hemingway

hem at work El viaje a la Alcarria de Ernest HemingwayHan pasado muchos años desde ocurrieron los acontecimientos que en este trabajo estamos a traer a la memoria.

No con intención crítica y, desde luego, huyendo de cualquier comentario u opinión personal que salga fuera de lo meramente literario, y si acaso documental, por lo que supone el que haya sido uno de los más notables escritores de nuestro siglo, Premio Nobel de Literatura en 1954, quien se ocupó de andar a pie por los campos de batalla, para enviar en el tiempo oportuno la crónica correspondiente a su periódico, el newyorkino The New Republic, que la sacaría a la luz en la edición del 5 de mayo de 1937, es decir, dos meses después de haber tenido lugar los hechos que en ella se refieren.

Ernest Hemingway mantuvo en pie la atención de los norteamericanos durante una larga temporada, dándoles noticia del acontecer bélico de las tierras de España que, según pareció en principio, habría de durar mucho menos de lo que en realidad duró, precisamente debido al rumbo que aquí tomaron los aconteci-mientos, en este suelo, a cuatro pasos de donde hoy procuramos convivir en orden y en mutuo entendimiento, fruto de la madurez y de la libertad que los españoles de final de milenio nos hemos impuesto por traje a la medida.

La Batalla de Guadalajara, que tuvo como campo de acción una buena parte de las tierras de la alcarria, se libró durante los días del 8 al 14 de marzo de 1937, y, según el párrafo que transcribimos de la crónica de guerra de Hemingway, ha merecido subir hasta el podium de los más sonoros enfrentamientos bélicos registrados en la Historia del Mundo, en frase del cronista:
«El autor de estos despachos -dejó escrito- ha pasado cuatro días estudiando la batalla de Brihuega, recorriendo el terreno con los jefes que la dirigieron, con los oficiales combatientes que tomaron parte en ella, verificando las posiciones, siguiendo las huellas de los blindados, y afirma sin reservas que Brihuega tendrá un lugar entre las batallas decisivas de la historia militar del mundo.»

Hemingway llegó a España el 16 de marzo de 1937. Vino con el deseo de contar a la humanidad entera el final de la Guerra Civil que por aquellos días se vislumbraba. Salió hacia Madrid en automóvil pasando por Valencia a primeras horas del 22 de marzo. Hacía varias fechas que habían tenido lugar los tremendos sucesos del campo de Brihuega; pero aún llegó a tiempo de contemplar con ojos de asombro escenas como las que él mismo contó para los lectores de su periódico: «se apilan ametralladoras abandonadas, cañones antiaéreos, morteros ligeros, granadas y cajas de munición para ametralladoras, y camiones empantanados, tanques ligeros y tractores se acumulaban al costado de la carretera bordeada de árboles. En el campo de batalla situado en las alturas que dominan Brihuega, estaban diseminadas cartas y papeles, mochilas, palas de cavar trincheras y, por doquier, los muertos.»

La redacción definitiva de los apuntes tomados a vuelapluma en el propio escenario de los acontecimientos, se haría días más tarde en la habitación de su hotel en Madrid, oyendo los estallidos de la aviación que por aquellas fechas actuaba en la capital de España. En otro párrafo, escribe el cronista: «Los bosques de encinas situados al nordeste del palacio de Ibarra, muy cerca de un brusco recodo de la carretera de Brihuega y Utande, todavía están llenos de muertos italianos que no han sido recogidos por los sepultureros; las huellas de los carros de asalto llevan al lugar en que murieron, no cobardemente, sino defendiendo posiciones hábilmente preparadas para ametralladoris-tas y fusileros, en las que fueron descubiertos por los carros de asalto y donde aún yacen».

Escribo estas líneas cuando se cumplen sesenta y dos años del final de aquella batalla cruel, trágica, intolerable; fruto como en todas las batallas de todas las guerras de la ambición de unos pocos, del odio hasta el extremo de unos cuántos, y del egoísmo de quienes tienen al alcance de sus manos el botón de poner las guerras en funcionamiento o la potestad de poder evitarlas. En aquella ocasión nadie hizo nada por evitar la tragedia.

Precisamente por estas fechas, pero en el año 1937, muy cerca del cómodo escritorio en donde me encuentro, teniendo como fondo la música gratificante de una sonata de Mozart, sucedían cosas tan terribles como éstas que apuntó al final de su crónica por los caminos de la Alcarria Ernest Hemingway, de cuyo nacimiento también por ahora celebra el mundo el primer centena-rio: «Fue una batalla de siete días, duramente disputada, con la lluvia y la nieve inutilizando la mayor parte del tiempo los transportes motorizados. El último día, durante el ataque final que rompe el frente de las tropas italianas y las pone en fuga, las condiciones atmosféricas apenas permiten a los aviones levantar vuelo; y ciento veinte aparatos, sesenta blindados y alrededor de diez mil soldados gubernamentales, derrotan a tres divisiones italianas de cinco mil hombres cada una. Es esta coordinación entre aviones, blindados e infantería, lo que lleva hoy a la guerra a una nueva fase. Es posible que esto no les guste, y quizá quieran ver en ello propaganda, pero yo he visto el campo de batalla, los prisioneros y los muertos.»

Tampoco es intención de quien esto escribe traer a colación recuerdos amargos; pero siempre es tiempo de reflexionar acerca de los propios errores, para no caer en las mismas trampas que a menudo va tendiendo la vida sin que se lo pidamos.

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